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Actualizado: 08 de marzo 2013

La tradición de la danza de tijeras

Nuestra rica danza de tijeras, hoy Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es una de las manifestaciones folclóricas más emblemáticas de nuestro país. Conoce un poco más de su historia con nosotros.
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Nuestra rica danza de tijeras, hoy Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es una de las manifestaciones folclóricas más emblemáticas de nuestro país. Conoce un poco más de su historia con nosotros.

Originaria de Ayacucho, Apurímac, Huancavelica y la parte norte de Arequipa; se trata de una danza-ritual ofrecida para el buen desarrollo del año agrícola. Esta se desenvuelve en una competencia músico-coreográfica denominada atipanakuy, entre un trío o más compuestos por un violinista, un arpista y un danzaq, nombre que recibe el danzante ayacuchano y sobre el que haremos referencia en nuestra nota.

Comúnmente se danza durante las estaciones secas (en los Andes peruanos de abril a noviembre), de gran importancia agrícola; y también en celebraciones católicas como el Viernes Santo, fecha de especial significado para los danzantes ya que este día de la muerte de Cristo tienen mayor acercamiento con las divinidades, también conocidas como wamanis. Descubre más sobre esta tradición aquí.

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Rutas

Para llegar a Lucanas, toma la Panamericana Sur hasta Nasca y luego sigue por el desvío a Puquio. El trayecto completo demora alrededor de 9 horas. Si partes desde Huamanga, el viaje demora aproximadamente 10 horas, vía Libertadores.


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Sobre el origen de la danza de tijeras, las versiones principales se fundamentan, en su mayoría, en el movimiento Taky Onkoy (siglo XVI), que predicaba la reencarnación de las wacas en algunos indígenas y el rechazo absoluto a la cultura europea. Sin embargo, mucho estudiosos no están conformes con estas hipótesis y buscan pruebas más sólidas al respecto.

Acerca del traje este es vistoso, de gran colorido y decorado. El danzante lleva en la cabeza primero un gorrito (uma watana), luego una especie de casco pequeño (chuku) y por último un gran sombrero en forma de cono invertido (montera).

Las ‘tijeras’ son realmente dos láminas de acero (hembra y macho), cada una con una terminación en curva donde se insertan los dedos, que al ser superpuestas dan la apariencia de una gran tijera. A este tipo de instrumentos se les conoce como idiófonos.

Sobre la supuesta relación de los danzantes con el ‘diablo’ hay que aclarar que esta se originó por los españoles, al señalar como herejía el culto a los wamanis y a las wacas. Aquí una distinción entre el diablo de los conquistadores y el supay o ‘diablo’ de los indígenas; ya que este es un personaje que puede ser bueno o malo, tal como lo aclara el investigador francés Gerald Taylor: “El demonio andino, aun en la actualidad, está muy lejos de ser un personaje exclusivamente negativo. Él es capaz de castigar, pero también sabe ser generoso”.

Antiguamente la transmisión de la danza se realizaba de maestro a discípulo. El maestro enseñaba, además de la danza, los rituales para venerar a los wamanis, los apus y la Pachamama; y asimismo determinaba el momento de iniciación del danzaq. Lo mismo ocurría con los violinistas y los arpistas.

Manuel Arce Sotelo en su libro La danza de tijeras y el violín de Lucanas sostiene que las danzas de tijeras “más conocidas y presentadas son las de Ayacucho y Huancavelica, y en ese orden de importancia”. Cabe señalar que, así como a los danzantes ayacuchanos se les llama danzaq, los de Huancavelica reciben el nombre de galas, mientras que los apurimeños son sajras.

Uno de los personajes más representativos de esta danza es el violinista Máximo Damián, amigo cercano de José María Arguedas, a quien el escritor le dedica su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo. Damián toco en los funerales de Arguedas junto a un arpista y dos danzaq.