El hábitat de El Cañoncillo acoge variadas especies de aves como pericos, tordos, chiscos, cuculas, picaflores, lechuzas, águilas y gallinazos.
Quien visita este paraje descubre con sorpresa centenarios y añosos algarroboscuyos troncos parecen reptar y retorcerse por el suelo. Más allá un silencioso zorro te mira receloso y continúa su camino.
Hace aproximadamente 10 mil años, este bosque fue hogar de los antiguos pobladores del valle Jequetepeque, donde edificaron sus nobles viviendas de barro y sus imponentes murallas, cuyos vestigios se mantienen hasta hoy en pie. Las gruesas ramas abrazan los muros de adobe, muestra de lo que hicieron las culturas Cupisnique, Mochica y Chimú. Los estudiosos dicen que hay plataformas, cerámica, recintos y plazas ceremoniales.
La caminata agota, pero la satisfacción es grande. Entre la vegetación se abre paso una apacible laguna, un espejo de agua donde se reflejan el cielo, los árboles y cerros, cual hidalgos centinelas. En sus orillas soltamos el equipaje y nos alistamos para comer.
Para llegar, desde Trujillo, cualquier empresa de buses que van a Chiclayo nos llevan al cruce de San José, pasando San Pedro y Pacasmayo en hora y media. Luego tomamos un colectivo que cruza Verdum, San José, Campanita y Tecapa y se llega a Santonte en media hora.
De Santonte, que marca la entrada a Cañoncillo, se puede cruzar la parte boscosa en una hora, siguiendo por una trocha bien marcada.